La carta de Petrarca de la Subida al Monte Ventoux no es más que una excusa poética y metafórica para reflejar la supremacía de una vida espiritual por encima de otra mundana y superflua. El hecho de si fue real que el poeta ascendió o no, creo que es anecdótico. Sin embargo y aunque no sea algo fundamental, al examinar las descripciones que aporta el escritor sobre el Monte Ventoux vemos que estas son más bien escasas y poco claras. En un fragmento de la carta, el poeta afirma acerca de esta montaña que es “una mole empinada, rocosa y casi inaccesible”. Aparte de esto y de algún pequeño dato más, Petrarca no menciona el color o el tipo de roca del que está constituido el monte, por poner un ejemplo. Lo más seguro es que las situaciones que describe durante el ascenso, le hubieran llegado a sus oídos de la mano de algunos pastores o lugareños, que por razones de necesidad, sí se hubieran aventurado a la subida. Por otro lado la práctica del montañismo atiende más bien a una concepción moderna, en la Italia de mitad del siglo XIV no se realizaba este tipo de prácticas por mero placer hedonista. Además la forma poética y metafórica en que está escrito el texto también refuerza esta idea.
El hecho de elegir un camino u otro para acometer la subida se plantea a veces de forma contradictoria. Por un lado se puede pensar que el camino más rápido es el empinado, el que acomete la montaña atravesándola. Ese es el del placer y los sentidos, no el espiritual. Sin embargo hay caminos que son llanos y más rectos que el primero y que están plagados de obstáculos materiales. La conclusión es que quizás no importa la forma de ascender sino que Petrarca se atreve a subir hasta la cima. El hombre se aventura a posicionarse desde donde antes sólo miraba Dios y quizás le desafíe controlando lo que tiene debajo y a su alrededor sintiéndose el centro del mundo. Esto se podría relacionar con la construcción años más tarde de la cúpula de la Catedral de Florencia, la más alta realizada hasta el momento que venía a situar al hombre, y concretamente al hombre florentino, como centro del mundo y la cultura. Además Petrarca se arrepiente de su vida licenciosa anterior pero reconoce seguir amando aquello que no desea amar y que le aleja de Dios. El poeta encuentra dividida su mente entre lo sensorial y lo espiritual, sin poder separarlas y sacarlas una de la otra. En el fondo nos deja claro que el camino hacia la Virtud es el del culto al espíritu y no el del cuerpo. Esto lo dice en la siguiente frase: ¡Oh con cuanto empeño debemos esforzarnos, no en alcanzar un lugar más elevado en la tierra, sino en domeñar nuestros apetitos, incitados por impulsos terrenales!
En cuanto a la contemplación del paisaje podríamos quedarnos con una idea de Zumthor, de su libro La Medida del Mundo, en la que dice que “el espacio es generador de mitos”. En el caso de la carta de Petrarca se cumple lo que afrima Zumthor que “toda apropiación de espacio incluye un aspecto irracional y fantasioso”. Esto lo practicamos todas las veces que vamos a un museo, único lugar a veces, donde podemos tener una percepción de la naturaleza del mundo. En ese espacio lleno de paisajes, unos urbanos, otros rurales, unos figurativos y otros abstractos, la contemplación del espacio es únicamente posible a partir de la interiorización narrativa mental realizada gracias a la imaginación.
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